Sísifo En Las Facultades de Arquitectura

Hubo un taller en la facultad que muy pocos querían llevar y casi todos trataban de evitar. Los talleres que se abrían en paralelo en otro horario se llenaban al toque y el que no lograba conseguir un cupo ahí y debía inscribirse en este taller pendejo terminaba lamentándose todo el ciclo. Se decía que el arquitecto encargado era bastante riguroso y detallista con los proyectos que se realizaban. Todos se pasaban el yara y los más viejos nos advertían para evitarlo. Su taller era conocido como ‘La Coladera’.

Había surgido una especie de mito alrededor de ese taller. Se consideraba el hard core de la malla curricular. El modo avanzado de la carrera. Las entregas finales eran el nivel Dios de ‘God of War’. Todos considerábamos que debía ser buen docente. Bastante capo y que por ello era recontra exigente. La rigurosidad y disciplina con la que llevaba su taller era -según decían muchos- producto de su cancha y calidad profesional. Que se sufría muchísimo con él pero se aprendía bastante igual. Eso creíamos, bueno, eramos unos pulpines sanos y giles.

A este arquitecto no le temblaba la mano para desaprobar o inhabilitar. Cerraba la puerta en la cara y botaba maquetas a la basura sin asco. Muchos compañeros en la facultad hasta le llegaron a tener miedo sin siquiera haber llevado clases con él. Se había creado una especie de admiración cojuda alrededor de su estricta y laboriosa metodología de enseñanza que consistía en pedir la mayor cantidad de planos posibles a lápiz, maquetas a escalas exageradas recontra detalladas -recuerdo a varios transportando sus maquetas en los techos de los taxis- y apuntes y perspectivas dibujadas y pintadas a mano cuando ya todos ploteaban en Autocad y modelaban en Artlantis o SketchUp. Nada, este señor se llevaba a todos a los años 40s.

Algunos afanosos y sobones de la carrera lo admiraban y entraban a su taller tomándolo como un desafío y los más flojos y descuidados, los que se quedaban sin cupo en los demás horarios, no les quedaba otra que apechugar y esperar lo mejor. A un par de semanas ya sabían que estaban mas cagados que palo de loro. Muchos de los primeros terminaban frustrados y traumatizados mientras que los segundos podían acabar cambiándose de carrera o dejando la universidad para siempre. Claro, yo opté siempre por la opción más cómoda: evitarlo hasta el final. Tenía el plan de salir de esa universidad lo más rápido posible y como ya había jalado en un par de talleres previos estaba claro que no arriesgaría más tiempo.

Es que se asumía por esa época que cuanto mayor el esfuerzo que exigía el taller, mayor era la calidad del mismo. A mayor esfuerzo, mayor recompensa. Como la vista y libertad que disfruta Sísifo en la cima de la montaña después de cargar su roca. En su momento yo también pensaba lo mismo. Aunque no entendiese bien el exceso de trabajo, lo consideraba un taller fuerte donde se sufría sí, pero se aprendía. Por ello, a los que lograban salir airosos de ese suplicio los veía con cierto respeto. Decía, estos compañeros deben estar en otro level. Claro, se habían sacado la mierda durante cuatro meses de amanecidas constantes, algo debieron aprender. Si no, ¿por qué se sufre, no?

Con el tiempo entendí que esto no es así. Que el sacrificio no garantiza el aprendizaje. Menos si este sacrificio nace del capricho. La arquitectura va más allá de exigir toneladas de planos hechos a mano o maquetas gigantes por las huevas. La reflexión, la creatividad y el sentido común que necesita la profesión no se logran promoviendo la explotación ni el abuso del trabajo y que estos docentes tan ‘estrictos y disciplinados’ sólo son unos fantoches que sustituyen la falta de metodología, la carencia de conocimiento y la poca experiencia con patanería, demagogia y llenando con tareas anacrónicas y estériles a sus estudiantes.

Es una lástima que la carrera se mantenga asociada a este ideal de ‘esfuerzo y sacrificio’ romantizando la sobrecarga académica como generador de conocimiento y se sigan multiplicando los idiotas que creen que, al estilo del pelado de Whiplash, la exigencia severa -sin importar que llegue al absurdo- es buena y moldea mejores profesionales. Como si cada amanecida tomando café con Coca Cola significaran un galón de oro o que cada maqueta gigante que termina olvidada en la basura fuera una cicatriz de guerra. No pain, no gain. Qué cojudez.

Ahora, con los años, empiezo a ver ese tenor heroico con el que los estudiantes y docentes de arquitectura hablan del ‘trabajo arduo’ y las amanecidas que la carrera les exige como un romanticismo innecesario que solo sirve para tapar obsolescencias, ineficiencias e incapacidades del sistema pedagógico. Ese ‘trabajo arduo’ no es más que sobrecarga de requisitos técnicos arrastrados del siglo pasado muchas veces inútiles y ocupaciones banales guiados por el afán del docente poco preparado o improvisado por parecer ‘recto o riguroso’. Son estos mismos docentes los que constantemente repiten el mantra de que estudiar esta carrera es un sacrificio entre los estudiantes, normalizando la incapacidad y el trabajo insustancial —planos y maquetas cada vez más grandes sin justificación alguna además de las actividades infantiles disfrazadas de aportes estéticos para la ciudad. Sumado esto a la evaluación subjetiva o emocional de los proyectos —sometidos al antojo y humor del docente de turno—, el estudiante no puede tener en claro qué es lo que debe presentar, lo que dificulta una correcta planificación.

La ‘amanecida’ y el ‘sacrificio’ que para muchos constituyen pilares fundamentales de la disciplina son caprichos evitables, más allá del mito justificatorio para el logro y aliciente para sentirse demiurgos, representan la romantización de la precariedad y decadencia de una carrera cuya utilidad va perdiendo cada vez más protagonismo en las sociedades actuales.


Autor | David Gutierrez | Arquitecto

fb/davidgutierrezalfaro/

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