La Memoria de Nuestra Piel

Acabo de ver una charla entre los arquitectos Peter Zumthor y Juhani Pallasmaa. Dura aproximadamente una hora y media donde uno funge de entrevistador y el otro de entrevistado hasta un cierto tiempo donde después intercambian roles. Hay un aire de confianza y camaradería en el escenario. Ambos se ubican en dos sillas sobre la tarima separados por una pequeña mesa que sostiene un jarrón con una flores y dos vasos de agua. Zumthor emplea la primera parte para presentar a su colega para luego exponer algunas inquietudes a manera de charla. Me causa extrañeza que Zumthor se desenvuelva de manera desordenada y un poco acelerada. Zumthor tiene algunos problemas para elaborar sus preguntas, algunas veces él mismo las responde y en otras interrumpe las respuestas de su interlocutor. Se me dificulta entenderlo y al parecer también Pallasmaa quien por momentos pide que le repita o resuma las preguntas con cierta timidez. Voy notando lo laborioso que debe ser abordar estos temas. Aun así, Pallasmaa logra soltar ideas bastante interesantes.

Dentro de los temas que tocan hay uno que me llama mucho la atención y que me parece resume el pensamiento de Juhani Pallasmaa. Zumthor le pregunta qué espacios recuerda que hayan marcado su vida. Pallasmaa enumera tres espacios específicos del lugar donde nació y que recuerda con bastante claridad: el espacio debajo de la terraza exterior, el ático de la casa y el pequeño y estrecho espacio entre el establo de las vacas y el sauna. Cuando Zumthor pregunta por las razones por las que recuerda estos espacios y cómo los entendía en ese momento Pallasmaa menciona que cada uno de estos lugares significan lo que él llama “la experiencia de hogar” y que al ser un niño la única manera de entenderlos en ese momento era a través de sus sentimientos y emociones. Ese espacio debajo de la terraza donde sólo entraban los perros y las gallinas y donde él podía jugar a las escondidas, ese ático lleno de libros y objetos antiguos que significó para él su primera biblioteca y museo y aquel estrecho vacío entre el establo y el sauna donde permaneció horas agazapado el día en que su abuelo murió. Todas estas memorias impregnadas en cada uno de estos espacios físicos fueron las que le marcarían la noción de lo que él ahora llama “hogar mental”. Ese hogar del que uno nunca se separa y que lleva a todas partes.

Con esto entendí mejor lo que Pallasmaa trata en sus libros. Ese deseo de devolverle humanidad a la arquitectura a través de los sentidos. El autor busca el regreso de un humanismo que considera perdido, absorbido por la inmediatez e insensibilidad del mundo moderno. Acusa a esta nueva sociedad de sucumbir frente a la banalidad de la forma y el espectáculo que han convertido la arquitectura en una disciplina carente de emotividad. Voy entendiendo el porqué de ese título abstracto “Los ojos de la piel”. Pallasmaa le coloca ojos a nuestra piel porque considera que en un mundo moderno donde las imágenes y la vista son los mayores protagonistas es momento en que la arquitectura deba reclamar parte de ese protagonismo en beneficio de un espacio multisensorial. Seguimos concentrándonos y alimentando esta sociedad del espectáculo que denunció alguna vez Debord que junto al avance tecnológico nos han arrastrado hacia la dictadura del sentido de la vista limitando así el funcionamiento de los demás sentidos hermanos. Pallasmaa lo llama ocularcentrismo porque toda estimulación que esta sociedad crea gira alrededor de nuestra vista.

Pallasmaa habla de los sentidos de una forma romántica y nostálgica. Brinda ejemplos de edificios de mitad del siglo pasado que han alcanzado este ideal, los admira y los utiliza como arquetipos de esta arquitectura que reclama. En su libro “La mano que piensa”, Pallasmaa escribe una oda al arte del dibujo en papel. Habla del ordenador como herramienta que limita la creatividad y que bloquea nuestra real percepción del mundo. Le dice a Zumthor que el significado de la arquitectura no se inventa sino se redescubre en el pasado. Hay que estar constantemente conversando con el pasado, con la tradición, que es donde radica el futuro. Pallasmaa está constantemente mirando hacia el pasado. Y estoy seguro de que es hacia el suyo. Sus ideas han sido claramente influenciadas por los postulados de la filosofía empirista y los principios de la psicología de la percepción de los años 60s. Sus libros son un llamado a recordar que hubo un tiempo mejor donde la arquitectura compartía los mismos ideales de naturaleza y esencia que el ser humano. Una esencia que él considera perdida. El autor nos invita con cierta melancolía a recordar y a entrar nuevamente en contacto con nuestros sentidos para disfrutar del espacio construido.

Recuerdo estando por primera vez frente a la Casa Curutchet de Le Corbusier en Argentina sintiendo ansias por recorrerla. Había esperado algo de quince años para conocerla. Era la primera vez que iba a entrar a una obra proyectada por uno de los arquitectos que más había admirado durante mi etapa estudiantil. Había leído mucho sobre la casa. Conocía su historia, la etapa de Amancio, los problemas con el doctor Curutchet, los planos, las elevaciones. Recuerdo haber devorado todo el material que pudo caer por mis manos. Estaba preparado para recorrerla. Me conocía todos los ambientes. Lo primero que hice al tenerla al frente fue tocarla. Recorrí mi mano por la puerta, el marco, la manija, las paredes blancas y sucias por la lluvia y el smog. Toque la pequeña reja que limita el garaje. Al entrar por la rampa me concentré en cada paso que daba mientras mi mano se deslizaba por el pasamanos y al mismo tiempo contemplaba el álamo que crece al centro de toda la casa. Me pasé tocando todos y cada uno de los objetos que encontré durante mi recorrido. Sentí cada material, su textura y temperatura, pude percibir la antigüedad, la vejez, la suciedad. El sonido de cada elemento. Algo que jamás hubiese podido hacer a la distancia. Cada uno de mis sentidos me fue brindando un recuerdo distinto que se anexaba a otro automáticamente. Me veía sentado con un libro en la biblioteca de la universidad pasando el dedo sobre la foto de la casa sintiendo el papel plano y liso. La fotografía no pudo nunca mostrarme los rayos de luz que entraban por las hojas del álamo ni el chiflón de aire que sentí al subir por la rampa y menos la sensación de libertad y tranquilidad que experimenté en la terraza del último piso frente al bosque.

En un momento de la charla, Pallasmaa le pregunta a Zumthor por su manera de trabajar, ¿cómo haces arquitectura? No pienso, le contesta. Primero busco reaccionar emocionalmente y después busco la explicación racional. Pallasmaa asienta. Está de acuerdo. Ahí reside la magia de lo irreal, le contesta. Pallasmaa ha encontrado eco a sus ideas sobre la abstracción en las expresiones artísticas de su generación. Juega mucho con los conceptos y menciona a Pollack y recita las frases de Morandi, ‘nada más abstracto que la realidad’ y una de Giacometti, ‘el arte no debe imitar la realidad sino crear una realidad de la misma intensidad’. ¿Qué nos sucede cuando observamos un cuadro? Nuestros sentidos se estimulan y podemos abstraernos, si yo veo una pintura de Vermeer por un buen rato, ya no soy un espectador, empiezo a ser el mismo Vermeer, me convierto en el pintor y puedo percibir esa luz especial de Delft entrar por la ventana de su dormitorio.

Pallasmaa tiene que aclarar en algunos pasajes de sus libros que lo que ahí expone no es un punto de vista conservador. Yo creo que lo hace porque en el fondo entiende que su discurso es bastante nostálgico y tiene algo de espíritu tradicional. Reclama una ‘nueva forma de ver la arquitectura’ pero yo creo que lo que quiere es en realidad que la veamos desde sus ojos. Desde los ojos de su piel. Pallasmaa nos recuerda su hogar en Finlandia y los espacios físicos donde quedaron impregnados los recuerdos de su infancia. Ese ‘hogar mental’ al que se refiere no es más que la memoria de sus distintas percepciones que ahora funciona como un filtro o tamiz por donde todo lo que observa cobra vida y se va acomodando al lado de sus vivencias amoldando su realidad. El mensaje de Pallasmaa va más allá de reclamar la humanización de los edificios o de enseñarnos a redescubrir nuestros sentidos o de no dejarnos atrapar por esta vorágine de formas e imágenes que nos ha tocado vivir. Yo creo que el mensaje de Pallasmaa es el de empezar a ver la arquitectura a través de nuestro lado más humano que son los recuerdos vividos. Nuestra memoria. Ese lugar donde hemos almacenado formas, texturas, sonidos, olores y gustos que han formado nuestra percepción de hogar que va más allá del espacio físico de una casa o un departamento o el lugar donde hemos crecido sino en esa idea o visión del mundo que hemos forjado almacenado en nuestra consciencia y llevamos a todas partes, intangible e irrenunciable. Pallasmaa nos dice que utilicemos ese prisma para observar el mundo a nuestro alrededor. Que observemos con todos nuestros sentidos porque la imagen jamás reemplazará la experiencia completa y que busquemos transmitir eso que llamamos ‘hogar mental’ a nuestra existencia.

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Autor | David Gutierrez | Arquitecto

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